El arte en los intersticios entre lo público y lo privado




Vas caminando por un viejo barrio conocido, vas por El Raval un día cualquiera, Raval adentro, Raval profundo, y de pronto encuentras una ligera sonrisita incrustada en un muro, unos cabellos rubios como un puñado de oro entre las piedras, unos ojos verdes y un vestido bordado a mano en una muñeca sentada en la esquina de un edificio de una calle llena de motos, gente y bicicletas. Una muñeca, una muñeca muy mona y muy bien puesta, instalada en medio del muro, cómodamente sentada, como si estuviera en casa, cuando está afuera, en fuga callejera. Ese es el poder de la instalación en todo su esplendor: el acoplamiento de un cuerpo extraño en medio del paisaje capaz de generar cambios de ambiente, variaciones afectivas. La rutina del camino a casa se rompe, la previsibilidad de la calle se corta, el acontecimiento detona desde un pequeño cuerpo, pero el trayecto ya no es el mismo después de esa diminuta sorpresa. Ese es el arte de instalar, pues parece que esa muñeca se hubiera instalado allí ella misma. Nadie sabe de dónde vino esa muñeca que luce de los tiempos de las viejas guerras, nadie sabe si fue abandonada o salió a la calle por su cuenta, si alguien más la limpió y la vistió para estar más presentable frente a la gente, nadie sabe quién la ayudó a subir a esa esquina maltratada, a ese rincón malherido y deteriorado que la muñeca vino a sanar, a curar con un poquito de bizarra ternura. El autor es lo de menos, así son las instalaciones que se han montado voluntaria e involuntariamente desde ya hace miles de años; es el arte del que hablaba Allan Kaprow, el que se produce directamente del material sensorial de la vida cotidiana. Es la auténtica poesía en la calle, el gesto intempestivo y la fuerza del asombro a partir de las pequeñas cosas, en donde las intenciones artísticas son lo que menos importa: lo que se abre es la posibilidad de convertir la rutina en viaje.



La muñeca está adentro y afuera al mismo tiempo, está en el borde, está justo en la raya trazada en el fin de un edificio y el comienzo de uno que ya no existe. La instalación efímera vive su momento acoplándose a la esquina rota que se forma entre un edificio de vivienda y un solar, igual que en los intersticios entre la calle y la morada. Ella está muy bien instalada, ella está muy bien colocada, casi levitando, casi flotando en el aire, justo en el umbral de vida que se traza con una explosión multicolor que corta el exceso de gris de esa calle de El Raval, ese exceso de gris de tantos lugares ya. La ubicación lo es todo, como dice Banksy. Es lo que marca la diferencia y lo que posibilita el acontecimiento. La puerta abierta deja ver el oasis de color que florece, brota en medio del desierto de ladrillo, cemento y asfalto y del clima nublado de la calle. Varios tonos y texturas de verde plantadas en la tierra de un huerto le dan la bienvenida al transeúnte de paso, a todo aquél que sienta la curiosidad de asomar la cabeza, de sumergirla para ver un mundo que se sale de la órbita del sistema de vida al que estamos acostumbrados, pues ya lo normal es que caminemos por las calles embebidos de nosotros mismos mirando apenas para no tropezar y así poder llegar rápido a nuestro destino, sin ver lo que caminar el barrio tiene para regalarnos, de la misma manera que la muñeca regala algo de dulzura al sonreírle al transeúnte desde su insólito refugio. En el fondo se ve el dinosaurio que desde la calle se insinúa. En los muros circundantes al huerto y al campo restante se ven todo tipo de pinturas y de pintadas, se ve un bosque mágico con aves en cuatro dimensiones, un hombre con cabeza de árbol saltando y otros tantos árboles con cara de mujer, se ve un lobo azul y un montón de plantas, ojos y fuerzas. Es el street art que se hace clandestinamente, pero puertas adentro. Es el grafiti, son las pintadas y las pinturas, son los murales llenos de formas y seres, de colores y afectos, rodeando el solar rehabitado después de la demolición de una edificación, es arte de la calle hecho como en casa.



Justo a la entrada nos dice hola, bienvenidos, una venus descabezada de colores ácidos erguida sobre un pedestal improvisado de baldosín en piedra. Un monumento a la improvisación, un homenaje a la creatividad espontánea, un par de pintadas y la estatua rota abandonada ya ha cobrado vida de nuevo, es más, se ve mejor que nunca. Algunos las vieron como obras, a venus sin cabeza y a la muñeca colocada; pero muchos otros las viven de otras maneras, de todas las que se pueden sentir en la vida diaria, como cuando vas a un bar a tomarte algo no sientes como obras todo lo que esté allí colgado o colocado. Las composiciones son mezcla de la voluntad humana de expresarse y la expresión del azar mismo. Son las artes de componer, de instalar y de montar, las artes de hacer, no el Arte humanista del Sistema, basado en el autor. La belleza y el poder en sus intervenciones radica en la vitalidad de lo efímero; sin pretender ser universales ni eternas, sin pretender ser obras o mercancías. Además, ¿quién garantiza cuánto tiempo esté venus descabezada en aquél lugar de privilegio? Saludando a la entrada a los que apenas están llegando; ni si se vaya a cambiar su manta amarilla por otras de otros colores, o si se vaya a ir a otra parte, con otro. La entrada es la misma salida en ese lugar sin lugar que ahora reluce: cierto es que ambas, la venus y la muñeca, están instaladas en intersticios entre el espacio público y el espacio privado. Es el arte en el intersticio de lo público y lo privado: son prácticas producidas en espacios inciertos, en espacios indeterminados. La propiedad privada es protegida por el poder público y en medio, en los intersticios, experiencias vividas que no se dejan ubicar en ninguna de las dos categorías. No son técnicamente ni públicas, ni privadas. El cuento va así: había una vez una edificación ocupada, una de las tantas edificaciones ocupadas en tantos barrios, pero a esta edificación la terminaron demoliendo, cuando de pronto, al poco tiempo de haber tumbado todo, de los escombros recogidos y de los restos barridos y limpiados se logró darle vida a un solar y a un huerto, un lugar de encuentro y de momentos compartidos entre mucha gente, conocidos y no conocidos entre sí. El colorín colorado puede oírse en cualquier momento pues nadie sabe hasta cuándo va a durar ese espacio compartido.






Las fronteras entre lo público y lo privado son cada vez más inciertas, lo son en algunos lugares del barrio El Raval y de otros barrios de Barcelona y de muchas ciudades más alrededor del planeta. Aún así son muchas las experiencias vividas hoy en esa zona de incertidumbre. Son inciertas las estrategias de convocatoria, mezclando ambigua y efectivamente el cartel pegado en la puerta completamente a la vista de todos en la calle, con los emails para grupos de amigos, las redes sociales en la Web y el voz a voz de la gente. Allí donde se cultiva arte hoy germina: en zonas indeterminadas. Muchas veces, por intereses se privatiza lo público, pasa en todas partes. Pero a veces como acá, el mundo es al revés: se hace casi público, comunal, lo que se mantiene restringido por el interés de especulación de la propiedad privada. Se traspasa, se traspasan los bordes entre público y privado. Se le da acceso a cualquiera a un territorio que se ha mantenido cerrado y abandonado. Se ocupa, se habita. Es un espacio liberado. Lo cual no garantiza que no se privatice en cualquier momento, pues en nuestros tiempos se viven conflictos constantes enespacios ocupados, potencias egoístas de privatización, por interés del que ocupa. Es así como lo público deviene privado y lo privado deviene público en cualquier momento en los espacios físicos de las ciudades, que ya no dan abasto a la población sin poder adquisitivo para el pago de vivienda, cuando la vivienda está sujeta a los intereses del capital. No es ni siquiera el declive de la esfera pública del que habla Habermas, es más bien el declive del hombre público del que habla Richard Sennett, pero mezclado con el nacimiento de una nueva gente por venir, o mejor, de una cierta gente que ya vemos, por ahí, en cualquier ciudad del planeta. Todo se hace público en nuestros hogares, nuestra vida privada se hace pública en la televisión y en la Web a través de las redes sociales, en vivo y en directo. Lo público y lo privado se absorben, lo uno en lo otro; los opuestos se deshacen implosionando entre sí, como pinta Jean Baudrillard. Es otra condición posmoderna de las sociedades globalizadas que le ha abierto paso a un individualismo narcisista como al que se refieren Sennett y Gilles Lipovetsky. Y a pesar de toda su evidencia y del dominio de su hegemonía, encuentra ahora otra gente: no pueblos por venir sino gente que ya ha venido, gente que responde al individualismo egoísta, gente a la que le gusta compartir espacios. Serán minorías, pero son minorías gigantescas, en Barcelona y en cantidades de ciudades de todos los continentes. Comparten espacios, adquiridos o liberados, comparten su vida y sus artes de vida.





El irreversible proceso de debilitamiento de lo público que arrastran los movimientos del capital en el sistema global ha creado nuevas estrategias y otras formas de estar juntos. Se han creado nuevas condiciones de oportunidad para hacer devenir temporalmente espacios privados en espacios abiertos, espacios indeterminados, espacios que oscilan entre lo privado y lo público sin necesidad de ser definidos o categorizados. Espacios de encuentro, espacios compartidos. A menudo hay muchos más de los que creemos que hay en nuestras ciudades, allí donde tú vives, pero brotan por todas partes. Espacios, por ejemplo, en los que se siembran plantas y se cultivan artes, como en L ‘Hort del Xino, en algún lugar Raval adentro. Un huerto plantado en el solar que se ha recuperado de los escombros de una edificación demolida por haber sido ocupada, como tantas otras en tantas partes. El huerto es la ilusión que agrupó a unos cuantos a actuar juntos y la causa común que puso en marcha la nueva vida de un espacio nuevamente liberado. A partir de esa causa en común el huerto ha devenido una cantidad de proyectos distintos, cumpliendo una gran variedad de funciones aprovechando el solar recuperado. Los huertos urbanos son en cualquier parte y son en potencia espacios privilegiados para el despliegue de cualquier tipo de arte en el siglo XXI. En este se instalan muñecas y se montan venus descabezadas ciertos días, pero otros seres ya aparecerán en otras ocasiones, porque esos montajes no hacen parte de una exhibición sistemática ni mucho menos, son sólo artificios que nos recargan de electricidad, instalaciones e intervenciones que nos acompañan, se vuelven compañías, por un tiempo. Y luego se van. Esas instalaciones efímeras, esas intervenciones espontáneas, en las que entran incluso las pinturas y los grafitis, los cuales pueden llegar a durar más tiempo en este tipo de territorios inciertos, todas ellas son acciones que deambulan libremente entre lo público y lo privado: gestos hechos, tanto para habitar el espacio, como para compartir con los demás lo que pasa por nuestras manos. La instalación que se monta y la intervención que se hace son tanto para el que pasa como para el que habita, tanto para el transeúnte de paso como para el colaborador frecuente. El cambio en el salto de los museos y las galerías a los espacios de la vida cotidiana es crucial y es decisivo. Las cosas adquieren un nuevo valor. La ubicación inesperada de la muñeca es lo que transforma por completo la situación, pero que sea en plena calle, en una calle cualquiera, es más poderoso. Asombrarnos en la calle, lo que más nos falta.




Así, el arte en los intersticios entre lo público y lo privado posibilita gestos compartidos con cualquiera, no solamente con el que pueda pagarlo o el que esté lo suficientemente vestido o bien vestido como para poder entrar a las galerías y los museos. Las exposiciones suelen estar abiertas al público. Al público que pueda pagarlas. Al poder adquisitivo de cada persona, de cada vida privada. Estos gestos indeterminados son más públicos que cualquier política pública: nada nos cuestan. No es casualidad que este tipo de espacios inciertos, que oscilan entre lo público y lo privado, se encuentren entre los más fértiles comenzando el siglo XXI; fértiles en cuanto a la germinación de experiencias comunales, experiencias vividas por fuera del sistema de valores capitalista, en las que se comparte sin interés ni ánimo de lucro. Muchas de ellas igualmente se mueven en el intersticio de lo legal o lo ilegal, pero a veces son más constructivas que muchas políticas oficiales. La potencia de construcción en este tipo de acciones radica en recargarse del poder de lo público y del poder de lo privado simultáneamente. El poder de lo público radica en el brindar acceso a cualquiera. El poder de lo privado radica en la autodeterminación. Las fuerzas de autodeterminación mezcladas con las fuerzas de apertura, de la voluntad de compartir con el que quiera, con cualquiera, son la clave para posibilitar acontecimientos. En esa mezcla entre el poder de lo público y lo privado se halla la potencia de construcción comunal. Y es claro que la ocupación ilegal no es la única forma de compartir espacios vividos fuera de la dualidad bruta de lo público y lo privado. Cada vez abundan más los gestos cotidianos en los cuales ya no estamos valorando ni usando ni defendiendo como propiedad privada lo que pasa por nuestras manos: lo que compartimos en Internet, música, imágenes, textos, software, programaciones, etc., muchas veces lo compartimos para cualquiera según nuestro propio criterio. Tanto en la calle como en la Web, cada vez más nuestras relaciones sociales se tejen en los intersticios entre lo público y lo privado. También es ahí, en esos espacios inciertos donde se producen y se resuelven conflictos hoy. Como plantean Michael Hardt y Toni Negri, en el ámbito de lo común es que se resuelve la dicotomía entre lo público y lo privado, y las políticas basadas en mantener viva esa oposición.





Estas experiencias indeterminadas muestran que se pueden construir lazos sociales sin necesitar partir de una premisa de división estricta entre lo público y lo privado, como ya muchas otras formaciones sociales alrededor del planeta lo hacían antes de la Modernidad. Importa más el poder compartir, tener la voluntad de hacerlo. Se desarrollan así nuevas artes de estar juntos, y se cultivan todo tipo de artes en espacios compartidos, tanto en las vidas encarnadas como en las vidas virtuales que llevamos en los intersticios entre lo público y lo privado. Una oportunidad para salir del pensamiento binario como diría Guattari, para fugarnos del pensamiento dialéctico, como nos invita Deleuze. El abismo es el lugar en donde ocurre la transmutación, como dice un poema escrito en las paredes que circundan la poética incierta del solar de Hort del Xino. Esta es la oportunidad para atrevernos a explorar la ilimitada multiplicidad de posibilidades vitales que se hallan en las experiencias de los intersticios: sin tomar posiciones, sin defender ni lo público ni lo privado sino tomando lo mejor de ambos, reversiblemente, convirtiéndolo en realidad compartida. Es en los intersticios que se ven las ciudades invisibles como esas de las que habla Calvino, las ciudades microscópicas ante el ojo normal, ciudades inventadas pero con trueques reales, sobre todo afectivos. Ciudades dentro de las ciudades, muchas de ellas de duración temporal, muchas tantas otras de duración efímera y, sin embargo, reales, como esas cosas que nos sorprenden al caminar por la calle, que apenas las vemos y seguimos nuestro camino, pero algo en ti, algo en tu ánimo ha cambiado y por eso el camino ya no va a ser el mismo. Como la muñeca colocada, a la que alguien bajó de su esquinita callejera y se llevó ofreciéndole alguna ilusión o algún sueño. A la muñeca se la llevaron, está en manos de alguien más; con suerte está jugando con alguna niña en este momento. No duró muchos días allí colocada pero algunos, cada vez que volvemos a pasar por la calle, irresistiblemente al recordarla soltamos una ligera sonrisita.







Enlaces y bibliografía


Hort del Xino: http://hortdelxino.wordpress.com

Acerca del arte en los intersticios entre lo público y lo privado:
Banksy, Wall and piece. Century. London, 2006
Kai Jacob, Street art in Berlin. Jaron Verlag. Berlin, 2009.
Allan Kaprow, Essays on the blurring of art and life. California Press, 1993.
Legal / Illegal: art beyond law. NGBK. Berlin, 2004.
J.T. Mitchell (Ed.), Art and the public sphere. University of Chicago Press. Chicago, 1990.
Ethel Seno (Ed.), Trespass. Historia del arte urbano no oficial. Taschen. Madrid, 2010.
Steve Wright, Banksy’s Bristol. Home sweet home. Tangent Books. China, 2007.
Local / Visitant. Art i creació en el espai social. iD #4. Idensitat. Barcelona.

Acerca del narcisismo individualista:
Gilles Lipovetsky, La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama, Barcelona, 1986.
Richard Sennett, El declive del hombre público. Ediciones Península. Barcelona, 1978.

Acerca de la historia y el declive de la esfera pública:
Jurgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. Barcelona: G. Gili. 1986.
Michael Hardt / Antonio Negri, Imperio. Desde abajo, Bogotá, 2001.

Acerca del debilitamiento de la dialéctica y el pensamiento binario:
Jean Baudrillard, Cultura y simulacro. Kairós, Barcelona, 1988.
_____________, Las estrategias fatales. Anagrama, Barcelona, 1988.
_____________, La ilusión del fin. Anagrama, Barcelona, 1992.
_____________, Transparency of evil. Verso, London, 1993.
_____________, El crimen perfecto. Anagrama, Barcelona, 1996.

Acerca del pensamiento más allá de la dialéctica y del pensamiento binario:
Gilles Deleuze, Nietzsche y la filosofía. Anagrama, Barcelona, 1993.
Gilles Deleuze / Félix Guattari, Rizoma. En Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos, Valencia, 1992.
Philip Rawson, The art of Tantra. Thames and Hudson. Singapore ,1978.

Acerca de salidas a la dicotomía entre lo público y lo privado:
Michael Hardt / Antonio Negri, Commonwealth. Belknap Harvard. Cambridge, 2009.

Acerca de las ciudades en los intersticios:
Italo Calvino, Las ciudades invisibles. Siruela. Madrid, 1972




Saturados de exposiciones



Vivimos saturados de exposiciones en las sociedades globalizadas. Todo se expone: se exponen obras, se exponen objetos, se exponen ideas, datos, cartas, registros, pruebas, manifiestos, fotografías, citas, comentarios, archivos, se expone la historia, el presente y hasta futuros se exponen, recorridos, colecciones, movimientos, autores, confrontaciones, se exponen cuerpos, cuerpos desnudos y cosas, artefactos, hasta culturas se exponen, se expone en galerías y en museos, exponen los Bancos, los gobiernos, las comunidades, los colectivos, los gremios y las congregaciones, se exponen documentos y experiencias, en entidades al igual que en residencias privadas, en bares, en universidades, se expone adentro de las instituciones pero también afuera, en la calle, se expone todo en todas partes cada vez con mejor definición, porque Google Earth no hace sino optimizarse y ahora es el planeta entero el que está expuesto, en tiempo real. Y así, hasta aquello que se le fuga al Sistema se ha terminado exponiendo, los performances más explosivos, las estrategias más subversivas, los proyectos más insumisos, el azar: se expone hasta el azar y al azar; las fuerzas se capturan cuando se exponen. Nuestra cultura está sobreexpuesta. Es la forma en la que el capital asegura su stock de imágenes para hacer negocio con lo que hoy no puede. Sólo por intentar probar otra cosa, ya resulta valioso pensar en intentar llevar a cabo prácticas distintas a las de exponer y de montar exposiciones. Sobre todo hace falta intentarlo: hace falta intentar otras maneras de compartir distintas a la puesta en común de la exhibición sistemática en la que consiste exponer.





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