Sin compasión, Chris Cunningham, Sónar 2011


Las fuerzas inciertas que trastornan el cuerpo de una niña acostada, como hilos tirando desde afuera, levantando sus párpados, expandiendo sus fosas nasales, explayando sus labios, su piel agujereada una y otra vez con el golpe de cada beat, su tórax hendido hasta las vísceras con cada frecuencia emitida, la luz cruda de la bombilla que cuelga desnuda y titila. La angustia de la mujer poseída por el ritmo frenético de una energía que la desborda, la ansiedad mientras corre sin avanzar a ningún sitio, la desesperación en su cara, el tormento levantando su falda, el ardor de cada grito, el placer de estar entregada, el éxtasis de estar fuera de sí por completo, la cabeza suicida sacudido de lado a lado en medio de la luz blanca intermitente del flash que viola una noche en la que el miedo en regocijo se transmuta. La violencia de la pareja de amantes en su despiadado combate, golpe tras golpe, puño a puño con los beats quebrados de una música agresiva, la sangre derramada, la piel a carne viva, los cuerpos desnudos, los sexos en lucha, el uno matando al otro, a los puños y luego penetrándose y absorbiéndose en la cama, mezclando la sangre con el sudor que exhalan, multiplicándose hasta volver igual que al principio, fundidos, abrazados entre sí, flotando en la placenta que los guarda. La muerte respirando agitada a cada segundo, soplando vida con cada bocanada: mientras más cerca de la muerte estás más vivo te sientes; como Rubber Johnny, con su inhumana hidrocefalia, quien apenas se van sus padres salta de su silla directamente a romper el piso con sus pases de baile y las rayas de anketamina que inhala, y se abandona hasta volverse otro, hasta dispararnos rayos láser verde a quienes lo observamos en la pantalla. Y también pasó por allí todo el misterio de Grace Jones, convertida en chamana, hipnotizándonos con sus profecías y con su piel desnudada, con los cuerpos que la acompañan, abdómenes y espaldas temblando como tambores al ritmo de su brujería pausada, o el misticismo aliviante de Gil Scott-Heron, el padrino de la poesía urbana murmurada, con su blues cósmico en medio de trenes de metro rodando hasta el infinito en las ciudades golpeadas, allí de pie, cientos de nosotros experimentamos la crueldad de Chris Cunningham, la mezcla de sus imágenes en vivo, la resonancia con la música generada, el impacto emocional en frente de tres pantallas, el poder de las sensaciones que despierta más allá de cualquier sentido, más allá de cualquier moral demandada, el arte de estremecernos, de abofetear nuestras miradas. Hasta el fuego de un amanecer ardiendo frente a la cámara, en resplandores de luces inmaculadas, lo sublime experimentado plenamente en un festival de música avanzada, El Sónar atravesado por el agujero negro de un brujo que manipula sus máquinas, con el cabello encima de la cara, sin exageraciones, sin ligerezas, las fuerzas de lo sublime atravesando hasta los huesos, el temor a lo desconocido bañando las auras elevadas, perturbándonos mejor que en cualquier película de terror proyectada en una sala, estallándonos por dentro como una sustancia, inquietando nuestra piel nos deja sin aliento antes de hacer lo que muy pocos se atreven: sublimar en soplos de vida las fuerzas de la muerte, sin compasión, Chris Cunningham en vivo Sónar 2011, respirando hondo nos deja después de remojar su oscuridad retorciendo nuestras almas.





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